nowhere day, anniversary day

Un día 24 se perdió en el espacio cuando me vine acá hace 4 meses y me acuerdo siempre de la fecha porque me coincide con el fin del prepago mensual del celular. Ese es el día que los chilenos están viviendo ahora y el día inverosímil cuando llegué, porque acá era y hoy día es 25.

En vísperas de mi próximo viaje por la Isla Sur, cuando estaba preparándome el cafe de la mañana y caché que no tenía azúcar, recordé los momentos que viví en los primeros días en NZ, cuando mi té casi nunca tenía azúcar porque ahorrábamos lo que más podíamos. Eso, a su vez, me condujo a un flash back sobre mi estadía en Blenheim y la etapa de los trabajos.

Siento que, desde entonces, he vivido confortablemente.

Si comparo los primeros días con los que vinieron después cuando empecé a trabajar, distingo caleta de cosas que se asocian más al asentamiento que a una vida de backpacker per se –sobretodo si uno vive en una casa. Al tener trabajo, el poder adquisitivo aumenta y las ganas de capear lo laboral con momentos de placer o felicidad pasajera, también. Uno siente que, si bien no quiere gastar mucho, igual se puede regalonear con cositas y dejarse estar (creo que esto se relaciona fuertemente con el adquirir cosas y el money): ahí vienen los fines de semana de carrete, el alcohol en la semana, weed de vez en cuando, dinners más elaboradas (cocina del mundo) con productos peculiares y chocolatitos, helados y etc… Algo que se empieza a parecer más a una vida social tipo, que a un escape por el mundo y con eso, la sensación de “lo provisorio” (ingrediente principal de un viaje) se empieza a perder y uno se la topa de frente y como choque, cuando los amigos se van, los ambientes se desarman y uno tiene que volver a ponerse en marcha y a hacer planes.

En esa dialéctica a tirones, es fácil perderse, caer en excesos y creo que a muchos backpackers les pasa, hasta que el esclavo vuelve a ser amo otra vez (haciendo una analogía con la dialéctica amo-esclavo) o el “leon sale del coma” (analogizando con la canción de animal collective). Y pese, a que pudiera juzgarse como un retroceso o un lapsus innecesario, con carácter puramente negativo y alienado del viaje, yo creo que es intrínsecamente constitutivo (creo que ese pensamiento mio es como muy oriental). Y también, en este punto, ya me apesta el carácter como de “concepto” y objeto de análisis que reviste la palabra “viaje”… PUAJ, sin embargo no puedo dejar de usarla :/.

En Blenheim, trabajé en el campo: manos pa la cagá y con cicatrices forever, levantarse temprano, mamarse lluvia, calor, barro…pero también me di la buena vida.

Mi cuarto mes en NZ/Blenheim (y los últimos días de Agosto), lo recordaré lejos como el mes con mes con más cambios en probablemente TODA mi vida, bajo un escenario super regular y constante, lo cual en su aparente contradicción resulta super loco de contemplar.

Es cuática la vida del viajero. Creo que la parte más cuática es la de la inestabilidad emocional a la que uno está no expuesto, sino sometido derechamente -que no es inmanejable, pero si es agotadora de vez en cuando- y que a veces se reduce a weas muy básicas, como echar de menos un abrazo o un beso cercano. Y ayer justamente conversaba de eso con otro viajero, que uno sabe que se vino solo y que iba a estar viajando sólo, pero eso no excluye la inevitable sensación de real soledad que uno experimenta en ocasiones.

It’s time for a change y un próximo post con el viaje por la Isla Sur.

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