forever lunes

Quiero vivir una vida como la que vivía en Chiang Mai, pero no puedo. A eso se reduce mis últimos meses acá. No es que allá tuviera la felicidad del mundo, pero me sentía en paz, conmigo, con el entorno… sentía que me hacía falta poco y nada. Podía pasármela tomando té -sin hambre-, mirando los geckos del techo y sintiendo el croar de las ranas o el canto de los pájaros, sin sentir la urgencia de que había algo por hacer. Esa urgencia, la siento en la ciudad, aún si es en una ciudad fome como en NZ. Es una sensación de estar constantemente sintiendo que se hace poco, que hay cosas por hacer y que uno está perdiendo el tiempo. Mayoritariamente, ese “algo” es sólo un fantasma.

Es super penca, no poder mantener eso; es penca cachar que uno está inevitablemente sometido al ritmo de consumo y producción, y no me refiero a ésto sólo en términos materiales, sino a grosso modo; hablo de ideas, ganas, carencias, necesidades…
Ese tipo de cosas, me lleva a pensar que la única salida para retornar a esa especie de paz, es el ausentarse del acontecer o de la mecánica de los días. Yo he tratado de retomar ese ritmo y he fracasado todas las veces.

No tengo historias que contar, porque no quiero contar historias, quiero hablar de lo que me pasa. Tampoco quiero escuchar la historia de vida de los weones de otro país -a menos que el acto mismo de escucharlos sea hipnótico y agradable-, mientras acomodo kiwis en la packhouse. Quiero hablar de temas y quiero compromiso y pasión en la conversa.

Estoy viviendo en un pueblo apartado de una ciudad que es tan o más fome que el pueblo (ya he explicado ese tema antes), pero ahora que debía cambiarme de casa, en lugar de optar por la ciudad, opté por la opción que me reducía más las posibilidades en términos del ritmo que mencioné antes. Tengo ganas de leer, estudiar y hacer las weas que tengo que hacer para un diario vivir corriente y simple; sentarme en el pasto mientras los autos van y vienen por la carretera y calmar la mente. A veces, me gustaría dejar de conocer gente también -no es que tenga ahora un millón de amigos- y volver a mi pieza a tocar guitarra sabiendo que eso no me conducirá a ningún lado porque no hay necesidad de que me lleve a alguna parte. La idea de ausentarme me llama demasiado la atención, porque es la única forma de enfocarme en las cosas que quiero hacer o incluso, la mejor forma de no distraerme en nada. Me haría monje.

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