PAI (sabai sabai)

Debería haber sido Chiang Mai. Digamos que desde que salí de Asia en el 2013, estuve año y medio webeando con volver a Chiang Mai, sólo para sentir, ahora que volví, que no me gustaba como antes. En año y medio pueden pasar muchas cosas y, en términos de desarrollo turístico, Thailandia acelera, pero creo que particularmente en Chiang Mai, dado que mucha gente (ex – pats) se van a vivir ahí. Ahora había hasta un mall en un área que es super atractiva, pero que no tiene nada que ver con la Chiang Mai que recordaba. Por mencionar un detalle, las calles que rodeaban al hostal donde me quedé la última vez y ésta también, ahora estaban pavimentadas y llenas de locales para comer o comprar cosas. Antes las calles eran de tierra y tenía que caminar como 20 minutos al centro para empezar a encontrar locales.

Al margen de eso y la temporada navideña y de fin de año en la que fui, sentí que me pasaba lo mismo de las grandes ciudades promesa que al final cumplen a medias. No estaban pasando muchas cosas al margen de salir a tomarse cafés con los amigos y vitrinear en las tiendas de accesorios y ropa. Faltaba música, cine, exposiciones… A la noche no había mucho más que irse a la casa a dormir.

Si así iban a ser los días hasta que llegara el año nuevo, entonces no daba para mucho. De pronto, se me ocurrió lo que nunca se me hubiese llegado a ocurrir hacer en otro momento, irme a Pai, pero dado que andaba en busca del lugar nortino donde vivir por un tiempo en Tai, parecía justo probar con Pai a ver qué pasaba. De un día para otro, empecé a necesitar vagabundear entre campos y despertarme por las mañanas viendo árboles y montañas. Así que decidí seguir el instinto y partir un tanto en pañales.

Quién iba a pensar que en Pai encontré el lugar perfecto para estar sola.

Mi problema con Pai, aparte de la gente pretenciosa que suele frecuentar el lugar, era que si uno no iba en grupo, era difícil sostener el disfrute por largo tiempo, pero esta vez decidí insistir y conseguir mi lugar.

Los sueños del grupo de amigos pronto se desvanecieron y quedé a la deriva de los días en mi bungalow. Al fin tenía mi propio bungalow (por un precio mucho más barato del que hubiese imaginado), simple y básico, con agujeros, las colchonetas en el suelo, mosquitera y un lagarto de roomate que no descubrí hasta el penúltimo día ahí. Era una escena de fábula todas las mañanas con los rayos del sol entrando por las junturas del bamboo. Pronto entendí que la vida no necesitaba mucho más. Aún en los días más frios, donde ni el chaleco+poleron+calcetas gruesas y doble cubrecama lograban capear el frío a la primera.

Lo que me hacía falta en Chiang Mai, lo encontré acá. Muchas cosas pasando, pero básicamente nada tan importante como para hacer. Todos los días podía decidir entre irme a escuchar músicos al Edible Jazz (lejos, mi local favorito) o irme a alguno de los eventos que se desarrollaban en las afueras o, simplemente, dar vueltas por el mercado nocturno. Comía si es que me daba hambre. Si me sentía lo suficientemente despierta a las 12 am, cruzaba el río e iba a comprarme un chocolate caliente al 7eleven, me sentaba en la calle y contemplaba la gente pasar y a los locales juntarse. Otro Pai.

La vida era simple.

No fue así en todo momento. Después de la emoción y descanso de los primeros días, llegó la inquietud por ponerse a hacer algo y luego la frustración de no saber qué. Entremedio, llegó la navidad y la enfermedad justo en su víspera. Later on, caché que me había agarrado el bicho que andaba circulando por el pueblo. Una noche de vómito, un día entero de puro dormir y dos dias siguientes de puro andar lenta y aweonada. Así, la sensación de futilidad aumentó.

Me tomó 6 días adaptarme al hecho de que, en realidad, no tenía que hacer nada más que tomármela lento y con calma. Take it slowly brother, let it go now brother. Desde entonces, los días pasaron más lisérgicamente, perdiendo –esto es en serio- la noción de cuántos días habían pasado desde mi llegada. No era tanto como que en los días todo estuviese realmente bien, sino más bien que nada estaba realmente mal. El sentimiento de que cuando no tienes ya nada que perder, tienes todo para estar bien. De los días más pacíficos que he tenido. La contraparte era, sin embargo, que mi cuerpo estaba acostumbrado ya a andar pajero y, aunque me daban ganas de hacer cosas, mi cuerpo parecía no sentir necesidad de hacer nada.

Eso, hasta el día en que me autoimpuse ciertos objetivos diarios, sin presión en conseguirlos y dejando a la espontaneidad del momento, el cómo iba a concretarlos.

We’ll see….

Así fue como llegué al templo Chino y a una de las cascadas haciendo deo. Pararse en la calle, hacer el gestito del “slow down” con la mano y ver qué salía. Esa es historia para otro post.

Lo mismo con el Pai Canyon… llegar sin el rumbo fijo y desobedeciendo toda recomendación al respecto. Todo me parecía una aventura de lo más entretenida, en la que bastaba sólo el primer impulso para desencadenar una serie de sorpresas.

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El año nuevo lo pasé a la orilla del río junto con más gente. Me recordó los años nuevos en Chile, como en comunidad, tirándo fuegos artificiales, música y gente muy animada. Defintivamente, fue la mejor decisión haber pasado el año nuevo ahí.

Estuve al final dos semanas, donde los últimos días me sentía tan habituada, habiéndome hecho mi propio lugar en un lugar donde si no perteneces al todo, quedas casi radicalmente excluido, que volver a moverme me resultaba tedioso y un tanto estúpido. Pero los pasajes en avión estaban comprados y viajar significa tener que estar siempre listo, aun cuando las semanas siguientes aún pensaba: debería haberme quedado en Pai.

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