Pushkhar y las zapatillas rotas

Desde hace tiempo que quería ir a Pushkar y desde hace tiempo que andaba trayendo las zapatillas rotas.

Udaipur a Pushkar fue la primera jornada en tren de este viaje por India. En 5 horas fui 3 veces al baño y la correa de soporte lumbar de mi mochila me apretaba la guata mas de lo normal ahora que andaba sensible del estomago. Sumado a eso venía con pocas horas de sueño, ya que me había levantado a las 4 am. Así llegué a Pushkar a encontrarme en la estación con el Walter, mi ciber-travel-buddy. Pasé como 2 días convaleciendo -estilo backpacker- mi TD y dos o 3 días más restableciendo el tracto intestinal normal. El tiempo pasó borroso y lento, sin embargo.

Pushkar me pareció fome, feo y artificial los primeros días, pero los siguientes, le agarré el gusto. Un poco quizás por el hecho ya conocido de asentarse un poquito: conocer a los locales, entrar en cotidianidad, ir al restaurante favorito y hablar con viajeros al azar bajo la premisa de “qué más dah…” Así fue como me hice habitué de un café llamado Laughing Buddha (me encataba la playlist que ponían todos los días), donde me sentaba siempre en el mismo lugar y veía el mismo paisaje que después me dio por dibujar… y así como conocí a un holandés con el que almorcé dos días seguidos por coincidencia en la misma mesa, ya casi como travel buddies.

La rutina diaria por las calles era un tanto agotadora como en las ciudades populares de India: esquivando vendedores y diciendo “no, gracias” cada 3 segundos. Más agotador si uno anda conservando la energía para existir en días enfermos. Por lo mismo, fue muy bueno tener al Walter los dos primeros días, además del apoyo moral, delegar todas las responsabilidades que usualmente tendría que tomar viajando sola, además de el hecho de poder “convalecer” de verdad.

Pushkar es o se ha convertido en la estación de compras de los viajeros que se quieren llevar recuerdos y hacer negocios, por lo que comprar se siente casi compulsivo, no importando realmente si uno fue a buscar algo, parece que lo importante es llevarse algo a toda costa…y, la verdad es que yo no necesitaba nada, así que opté por agotar el deseo a fuerza de repetición.

En mi último día, uno de los dos o tres reparadores de zapatos que siempre veía por la calle, cachó mis zapatillas rotas, las que estaba esperando que terminaran de romperse para desecharlas y así liberarme de la carga, e insistió repetidamente en arreglarlas. Mi escepticismo era más bien por la terminación del trabajo, de que pudiesen quedar peor y el hecho de ya haberme desprendido de la posibilidad de arreglarlas, pero más que todo era la mecánica aprendida del decir que no a todo ofrecimiento callejero, sólo porque sí. Sin embargo, antes de zafarme de la situación, el tipo dijo algo que corrompió mi escudo mental y me dejó sintiéndome como el peor ser humano: “madame, yo sé cómo arreglarlo; éste es mi trabajo”. Pensé en pocos segundos todas las veces en dónde me ví a mí misma en esa situación, después de estos años viajando, sólo esperando la oportunidad de desarrollar para lo que nadie me ha acreditado, pero en lo que he ganado experiencia y habilidad que sólo se expresa en mi oficio. Ahora yo era la imbécil que rechazaba por comodidad, porque era backpacker y porque se supone no debo reparar en cosas que involucren un gasto innecesario de dinero… yo, yo, yo…

Me fui a tomar desayuno y el asunto me seguía dando vueltas hasta que en un momento, el tipo de los zapatos aparece otra vez -yo deseando que no me notase, obvio- y me ofrece reparar los zapatos de forma insistente otra vez. Esta vez, apelando al “destino” para no sentirme culpable si los zapatos quedaban peor, acepté la reparación y acordé el precio y el tipo se sentó en la vereda de enfrente a trabajar mientras yo desayunaba. Para el tipo de reparación, el resultado fue mucho más estético de lo que esperaba y luego de que el tipo se acercó a mostrarme el primer resultado, me sentí mucho mejor y pensé qué estúpida había sido por haberme negado en primer lugar. El tipo sabía lo que hacía, era su oficio y su fuente de ingresos y yo en una actitud súper blanca occidental había decidido desechar zapatillas que para muchos sería un lujo tener, incluso medio rotas, sólo para echarle al mundo un poco más de basura y comprar el siguiente producto -pienso en la obsolescencia programada y esas cosas-….

Lección aprendida; mis zapatillas ya no tienen hoyos, el tipo recibió su sueldo del día y compensé el bad karma. Es un win win win, si uno lo quiere así :)

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