Amritsar

para mi mama que no entiende dónde ando, aquí está algo de la ruta
para mi mama que no entiende dónde ando, aquí está algo de la ruta

Desde Hampi a Amritsar fue la parte confusa del viaje, en medio de muchos cuestionamientos, incertidumbres, enfermedades y ganas de o mandar todo a la mierda o de seguir insistiendo por hacerme lugar y seguir con el plan hasta que las cosas calzaran o bien se derrumbaran de forma brusca y absoluta.

Amritsar venía auspiciada generosamente por el señor Walter Délano y tampoco estaba contemplada en la ruta original, pero para llegar a los Himalayas y entre ir a Delhi, parecía una escala lógica y amable.

Pushkar to Ajmer y de Ajmer a Amritsar en tren con la primera vez en sleeper class de la temporada. Salvo la carrera para llegar hasta la estación, el viaje fue fluido y relativamente tranquilo y llegué sana y salva.

En Amritsar llevé una vida casi de casa otra vez, excepto por el hecho de volver a compartir un dormitorio. El hostal era lo suficientemente confortable para descansar y ponerme a verme una maratón de películas el día de lluvia.

La ciudad era muy extraña. En el centro era tan caótica como cualquier ciudad de India, en la periferia se sentía como un aire a “estamos cerca de Medio Oriente” con edificios a medio construir en la planicie extensa, armando un horizonte de casas casi uniformes y, entre medio, suburbios modernos con calles pavimentadas, árboles y mansiones como de telenovela con jardines nutridos. WTF…

De hecho, mi primera impresión fue que parecía como si una bomba hubiese estallado en la ciudad y lo que quedó de ella es lo que actualmente funciona como tal.

Aparte de la urbe, creo que lo más singular era la presencia de los Sikhs, en especial, los viejos Sikhs. Sus rostros con turbante parecían congelados en el tiempo y su mirada, salida de las fotos de la National Geographic. Acá se hacía más que evidente, que los hombres superaban por lejos en número y, por ende además de que en el sector prácticamente occidentales no habían, ha sido el lugar donde me he sentido más observada también por lejos. Pero, en términos de Sikhs, por su estilo “caballerístico” de respeto y deferencia, nunca me sentí insegura. Son los Indios, siempre el problema.

La ida y venida desde y hacia la ciudad, siempre generaba su problema, por lo que opté los últimos días por quedarme en casa. De hecho, me quedé mucho más tiempo del presupuestado, en parte también por el tiempo y por el estómago….y a esa altura no sabía muy bien que paso siguiente dar y cuándo.

Anyway, hay dos hechos que hacen especial a Amritsar: la ceremonia de la frontera y el Golden Temple. La primera, un espectáculo bizarro al punto de sentir algo de incomodidad como espectador… no podría decir que es “ver el patriotismo de los Indios” como la mayoría lo comenta, sino más bien cómo “la cultura del espectáculo” se manifiesta por número en India. Es chistoso pensar que uno llegó a la frontera con Pakistán en forma de trip turístico con bombos y platillos y es super loco andar por estos lados así tan impune y cotidianamente.

– Como anécdota, me parece que Attari es una de las palabras más hermosas que he escuchado, no sé por qué-.

El Golden Temple, en cambio, es súper interesante. Al margen de la religión, la gestión comunitaria dentro del templo es muy al estilo de lo que sería una comunidad de estilo de vida alternativo en función de trabajo cooperativo: non-profit, donde el derecho a la alimentación y al techo para dormir es eso, un derecho. Después de seguir los ritos para entrar a través del complejo que es muy hermoso y casi blanco inmaculado: taparse la cabeza, descalzarse, lavarse las manos y los pies, y de recorrer el interior sacando fotos, de pronto me ví, casi arrastrada por la masa, en el área de la cocina donde alguien me pasó un plato de esos para “prasadam” y ya estaba lista en la fila para recibir mi almuerzo.

Nos sentamos en los cojines apilados en hilera -yo imitaba al resto, no más- y los voluntarios nos repartían la comida: dahal, chapatis y arroz con leche de postre en cantidad más que suficiente. Agua también, la que me tomé casi rogándole al Dios cristiano “por favorcito que no me haga peor” -no sabía que se podía decir que no y sabía que era mal visto dejar-. La comida estaba más rica que la de los restaurantes.

Iba a lavar mi plato, pero no…también había un grupo que se encargaba de eso, así como otros grupos pelaban papas o participaban en distintas etapas de la preparación de la comida.

El templo dorado, con una fila inmensa en donde uno pelea el espacio como en los conciertos, era hermoso en términos arquitectónicos y de artes decorativas, pequeño por dentro, pero con distintos niveles en donde la gente oraba “al libro” de distintas formas…era una escena anti-temporal. Lo mismo con los guardias Sikhs con uniforme, sables y dagas colgando de la cadera y los fieles sumergiéndose en el agua sagrada…

Si bien es un lugar sumamente turístico, la presencia de la fé, lo sagrado y del concepto solemne de “misión” es algo que se puede percibir muy claramente y conserva el misticismo que uno espera de un lugar así y por ende uno no sale con la sensación de que anduvo en un “theme park”.

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