Hpa An

El atractivo de Hpa An estaba en sus alrededores; cuevas, limestone rocks, campos de arroz y templos peculiares. Muy pocos turistas circulando por la calle -al menos los primeros días- por ende las reacciones de los locales se asemejaban a las que viví en Hsipaw y Kalaw: un tanto de curiosidad, extrañeza y fascinación por nosotros, los aliens.

Llegué con la idea de recorrer en bici lo que más pudiera. La mayoría de la gente -por no decir TODOS, como después me dí cuenta-, arriendan scooters o comparten los tuktuks del tour para hacer el recorrido que en el mapa marca entre 6 y 17 kilómetros desde el pueblo hacia las atracciones. Yo, como es habitual, agarré el mapa y salí a pedalear sin importarme mucho dónde o cómo llegase –enjoy life.

El primer día pedaleé mas de la cuenta por ensayo y error, pero descubrí los paisajes más hermosos que había visto en mucho tiempo. No sólo eran la foto, sino que formaban parte de la experiencia, del recorrido, de la sorpresa de encontrar y encontrarse, muchas veces solo, ahí, entre medio de un lugar y un espacio que parecía haberse estado guardando hasta llegar ese momento, una combinación un tanto absurda de imposibilidades que cuajaban en un instante particular.

El ser y la nada. Me sentía enamorada de la vida.

Creo que nunca había disfrutado tanto andar en bici. Me tomó más de 6 horas hacer el circuito que escogí para ese día y sólo me regresé porque las piernas y el poto ya no me daban más.

Se me había fijado la idea de regresar por el otro camino, rodeando el Monte Zwekabin y sabía que en la práctica se podía, pero no tenía idea de por dónde o cuánto tiempo me tomaría. Mucho más de lo esperado.

A ese punto, era la única occidental -y arriba de una bicicleta-, circulando por esos lados. Ya no había inglés para entenderse, ni mapa que sirviera, ni googlemaps que funcionara, ni señalizaciones en el camino. Cada tramo parecía interminable y por cada cima, se avecinaban más kilómetros que pedalear. Ese “vire a la derecha” nunca llegaba y las rocas que en algún momento estuvieron al horizonte, muy pequeñas, comenzaban a adquirir su tamaño real. Sabía que estaba demasiado lejos y demasiado lejos para devolverme también.

El caballero del puesto del Partido Comunista me hizo una seña, cuando le pregunté apuntando en el mapa y pocos metros más allá encontré al fin esa bifurcación que había estado esperando. Pero el paisaje que seguía me desanimó: ahora me encontraba atravesando un bosque de limestone rocks, lo que suponía al fin estar dándo la vuelta, pero ahora así en medio de la nada, sin puta idea de dónde estaba realmente y con camiones circulando a mi alrededor. Me sentí horriblemente perdida y abandonada a mi suerte y los músculos y el sol, ya estaban pesando.

Como no podía hacer nada más que continuar, me lancé por la carretera, por unos caminos que al parecer ninguna bicicleta había transitado y rodeada por gigantes de piedra, eso desvió mi atención y dejé de sentir que no estaba llegando a ninguna parte. Se acuerdan de Atreyu cruzando en medio del Oráculo en La Historia sin fin? Ésa era la escena.

En el momento menos esperado, divisé a mi derecha unas hileras con estatuas de Buddhas replicadas por montones y paré al toque. Había llegado a Lumbini Garden y había recobrado mi orientación -de paraíso perdido a paraíso recobrado-. El sentimiento de “victoria!” fue con certesa, de los más intensos de mi vida.

Desde ahí la ruta fue un tanto más fácil pero no menos larga, ya que tenía que repetir la distancia hasta ese punto, ahora de regreso. Un par de coca-colas y agua en el camino de vuelta y algunas paradas para descansar y comprobar la ruta con los locales.

Vi a la gente de los tuktuk, también y, sin mentir, no les llevaba taaanta distancia como podría haber esperado.

Pasé por villas de a lo sumo 8 casas, a orilla del camino, con familias viviendo en un bungalow de 2 ambientes y menos motos, autos y gente. Era The lost world.

Al segundo día me quedaba la otra mitad del mapa y, más que aplacar mi energía, el recorrido del primer día la había aumentado y el sentido de la aventura me llamaba a imaginar qué nuevos caminos me tocaría pedalear.

Así, partí temprano y cuando me tocaba pedir orientación, la gente me exclamaba con extrañeza “y va a ir en bicicleta??…” Y en bicicleta fue que atravesé controles de la milicia (me hacía recordar que el país está en Dictadura), un puente para vehículos pesados, varias villas, arrozales y caminos con gallinas, vacas, gansos, cabras y otros.

Ese día visité Kawt-Gone Cave y el monasterio en el lago. En la cueva pasé la mayor parte del tiempo. Llegué antes que los turistas y pude estar largo rato contemplando las rocas al interior, viendo como la luz pegaba distinto, mirando las formaciones y todas esas cosas en las que me gusta quedarme pegada.

El regreso de ese día fue el último esfuerzo de mis piernas; la city bike que arrendé, probablemente la mejor bici de todas las que he arrendado en lo que llevo del viaje y la jornada on the road en Hpa An, de las más memorables. Me dio pena irme.

A continuación, el mapa.

hpa-an_map

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