Yangon and the end. Myanmar last part.

Yangón; no me gustó Yangón.

Me parecía que la ciudad estaba desproporcionada, en términos de calle y en términos de tráfico, y estaba enojada porque de algún modo me pareció ver en Yangón el abuso al pueblo por parte de las clases dominantes, mucho más que en otros lugares, con construcciones opulentas como la Schwedagon Pagoda: lugares para hacer comercio forzado de “la santidad” por gente a la que no le queda mucho más que hacerlo, y para ellos mismos, que venden, compran y pagan sus diezmas; con fees para entrar a prácticamente a todo lo que se suponía había para visitar, incluso a “El Parque del Pueblo”; y con uso y abuso del oro a vista y paciencia de todos. Al margen, siempre me sorprende ver en países como Myanmar, India…la cantidad de pequeños locales familiares vendiendo lo mismo: ¿se pueden sostener en términos financieros 6 locales en una misma calle y vendiendo lo mismo? Aparentemente, sí.

Estuve 3 días ahí. Sin embargo, encontré ciertas actividades paralelas que entretuvieron mi estadía: las charlas/ceremonias (nunca supe lo que fueron) con los monjes Budistas -que al parecer eran “famosos” o importantes- en la calle cercana a donde me estaba quedando (Yangón es una ciudad que trata de ser moderna, pero este tipo de cosas la remontan a una situación casi medieval); la calle de los Monasterios, a la que llegué accidentalmente luego de desorientarme con unas calles; la sede oficial del Partido Comunista perdida en una de las arterias de la ciudad, erguida sin pena ni gloria; el pad thai en el restaurante del niñito que, ciertamente, debe haber sido el mejor mesero de todo Yangón.

La gran Pagoda era como un parque de atracciones. Tanto así que lo último que uno podía imaginarse de ella era un lugar de devoción; más bien resultaba un lugar devocional prostituido. Pero como parque de atracciones cumplía con creces y cada rincón merecía atención a los detalles constructivos y, visitarla con ese fin, hacía que el esfuerzo por circular entre calles aptas sólamente para vehículos y el desembolsar las lucas del ticket para poder entrar, valiese la pena. A este respecto, debo decir que si no hubiese sido porque una vez ya adentro me devolví estúpidamente cerca de una de las alas de ingreso, probablemente nunca hubiese pagado un kip, ya que pasé colada por un buen rato -fue espontáneo-.

De día, ni un brillo. Es al caer la noche que la Pagoda cobra esplendor, literalmente, por la iluminación. Las Vegas hecha templo y los halos luminosos de los Buddhas me recordaban a los flippers, no sé por qué.

Con todo esto no quiero quitarle méritos; entrar a la Capilla Sixtina y ver ese altar barroco que no recuerdo si era de Caravaggio y que tampoco recuerdo si está precisamente en esa capilla, entra en el mismo juego y tampoco podría decir que es más honesto, sólo porque no le han puesto luces intermitentes.

El sector cercano a la Sule Pagoda, tampoco era muy interesante. Tal vez podría serlo para alguien que nunca haya estado Valparaíso, porque tenía esa influencia británico-portuaria.

Creo que en Yangón caminé, por lejos, la mayor cantidad de kilómetros de todo este viaje y tuve el peor mapa del mismo. Recibí con agrado el taxi que me llevó desde el hostal al aeropuerto y emprendí el viaje de regreso o de intermedio, el 26 de Enero; BKK > Kuala Lumpur > India.

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