Japón para pobres: Chapter 2

Justo antes de ir a Nara, mi cámara murió (lens jam). Koyasan suponía ser “EL” viaje que íbamos a hacer estando en Osaka, antes de emigrar a Kyoto y yo no iba a ir sin cámara.

Los problemas de mecánica inesperados, son los que a uno más le webean, sobretodo por el gasto no considerado que suelen suponer y el tiempo invertido en encontrar la mejor alternativa de reposición. Así que terminé comprando una cámara un poco mejor con la que quedé muy conforme y la que me sirvió para capturar Koyasan con algo de justicia.

Koyasan está a hora y media de Osaka en tren y el paquete tren+buses que te venden es de lo más conveniente porque te permite moverte libremente por el lugar. Koyasan es considerado un lugar sagrado y clave en el Budismo Chingón, aunque nunca tuvimos mucha idea de qué exactamente había que ir a ver a Koyasan más allá de templos y nos salieron al paso varias historias sobre lo que supuestamente encontraríamos ahí (Minshuku?), pero nos lo recomendaron harto.

En general y al parecer, en Japón, como que corren muchas historias urbanas de los lugares, pero nadie tiene mucha idea de cómo en verdad son, hasta que uno llega in situ con aquellas ideas y se enfrenta, de porrazo, con la realidad.

Sabíamos cómo llegar, sabíamos que íbamos a caminar mucho y sabíamos que iba a estar más fresco que en Osaka (delighted smile), pero de lo principal no teníamos idea:

  1. Dónde nos íbamos a quedar. Si los alojamientos no eran ridículamente caros para nuestro bolsillo, estaban fully bookeados (en Japón todo al parecer está bookeado con al menos 2 semanas de anticipación…). Por ende el plan A era o conseguir minshuku (alojamiento en casa de locales) o hacer camping urbano. Sin embargo, conforme investigaba más acerca del lugar, más difícil parecía la cuestión del alojamiento, pero teníamos tantas ganas de salir de Osaka, que al final ya daba lo mismo.
  2. Dónde íbamos a dejar nuestras cosas. Necesitábamos menos de la mitad de lo que andábamos trayendo, así que contábamos con algún casillero pagado para meter las cosas. Por suerte, cuando llegamos, encontramos un par de casilleros en los que prácticamente vaciamos nuestras mochilas. Por primera vez mi mochila tenía el peso ideal para andar con ella en la espalda.

El viaje en tren fue muy piola y los paisajes se ponen muy lindos cuando se empieza a ascender en altura. El final del tramo se hace en un funicular super parado (más que los ascensores en Valpo, por ejemplo).

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Conectamos con el bus y con el mapa nos decidimos a bajarnos en la primera parada para así empezar el recorrido y buscar, al mismo tiempo, un lugar para alojar.

La primera impresión no fue muy buena. Los templos eran muy lindos, pero el ambiente era un tanto frío y calculado; era al fin y al cabo, un pequeño pueblo organizado en torno al complejo de templos y monasterios erigidos ahí desde la antigüedad. Teniamos la idea de llegar a un lugar mucho más in the wild, con ruinas o con templos ahí al aire libre, sin recintos de por medio, pero nos encontramos con calles de pavimento, aceras cuidadas en un ambiente un tanto pirulo, paraderos de micro y tiendas de souvenir…WTF!

Para colmo, el cielo lleno de nubes no se veía muy auspicioso, así que decidimos parar el turisteo y dedicarnos a encontrar un espacio para tirar la carpa o bien consultar a locales acerca del supuesto minshuku; además, hacía hambre. Pero la búsqueda nos duró super poco ya que, adentradas en la periferia de Koyasan, comenzó una de las tormentas más épicas que me ha tocado vivir, con una lluvia a baldes y con viento frío (y yo en short y polera), truenos que se oían a metros sobre nosotras y relámpagos que buscaban las cajas de corriente y los postes de luz que estaban a nuestro alrededor. EPIC.

Evidentemente, nosotras no íbamos muy preparadas para aguantar ese nivel de inconvenientes, así que echamos mano a lo que pudimos y esperamos bajo un techo estrecho a que la lluvia pasara un poco -algo que no se veía venir a corto plazo-. Un japo en su mini auto nos rescató y nos llevó a la Información Turística para conseguir alojamiento; las condiciones del momento, no nos dejaban otra que pagar.

En Koyasan una de las atracciones es alojarse en templos a cambio de altas sumas de dinero, por ende y pese a la lluvia que no paraba, tuvimos que descartar aquella única solución que nos ofrecían. En aquellos momentos tan patéticos, amamos Japón…

Sightseeing arruinado y sin alojamiento, esperamos hasta que pasara la lluvia y nos volcamos de lleno a encontrar un pedazo de suelo para acampar en la noche y de paso, prepararnos unos noodles. Nunca pasamos muy piola en todo caso, ya que éramos las únicas backpackers caminando con mochilas por los alrededores. Al final, después de evaluar hartas opciones mientras aprovechábamos los rayos del sol de la tarde para sacar algunas fotos en los complejos, optamos por una placita dentro del área residencial. El riesgo era o que nos echaran los monjes (que empiezan su día tipo 4 am) o que nos echaran los pacos y, la solución, era hacerse el weon, básicamente. La hicimos piola, llegamos al anochecer, comimos, instalamos la carpa para uno (sí, éramos dos compartiendo una carpa para una persona), nos preocupamos de su nivel de visibilidad desde la calle y esperamos dormir de corrido y despertar sin novedad.

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No pasamos tanto frío, pero sí nos pasamos caleta de rollos y conciliar el sueño no fue tan fácil y a la mañana siguiente nos levantamos temprano, tipo 5 am, para tomar desayuno y no dejar rastro. BEST urban camping ever! hasta teníamos baño casi al lado de la carpa y un techo que nos cobijó de la llovizna nocturna. El paisaje que ví al salir de la carpa era realmente mágico, con la neblina entre los bosques de pino en el horizonte y el rocío sobre los jardines y aquella pagoda anacrónica que me recordaba mucho la sensación de Bagan. Me sentía la reina de un Enjoy the silence.

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Aquel día, iniciamos el recorrido por el cementerio en el bosque -muy optimistas y con el sol al fin de nuestro lado-, mucho más mágico aun y casi desierto por la hora. Ese día fue donde realmente nos cuajó el viaje a Koyasan y sentimos que había valido mucho más la pena de lo que alguna vez pensamos.

En término de lo que vimos, fue muy superior a los templos y atracciones que se promocionan en Kyoto, que es como la meca histórica de Japón. Los templos, los bosques, la iluminación natural, la escala arquitectónica, las apariciones esporádicas de monjes, hacen que en el lugar uno realmente alcance a percibir algo de ese otro tiempo y que no resulte opacado por la masa turista. La estética japonesa tradicional en su esplendor y el oficio japonés at its best, de hecho, uno de los templos más hermosos (el de las luces), tiene una atmósfera muy similar a la del sueño de Saito en Inception, pero siendo uno de los lugares más sagrados ahí, no está permitido sacar fotos.

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De regreso, bookeamos un hostal de último minuto y nos salió más caro de lo que queríamos, pero bah! estábamos bastante cansadas y necesitábamos al menos una noche de sueño tranquilo. En el tren de vuelta, nos dimos cuenta que necesitábamos 2.

Para variar, nos perdimos tratando de encontrar el hostal y la gente tampoco tenía idea cierta de dónde debíamos ir. Me metí a un bar chiquito a pedir orientación y terminamos con un guía personal que nos ayudó con las mochilas y, más allá, con el dueño del bar corriendo para alcanzarnos e indicarnos la exacta ubicación jaja :)

Primer hostal japonés y resultó un fracaso. No entraré en más detalles, salvo decir que, aparte de que la ducha estaba en el sótano, nos prometieron una segunda noche y a la mañana siguiente después de habernos confirmado, nos dicen que tenemos que irnos ya (todo aquel embrollo desarrollado entre google translate).

Aun en pijamas, con ojeras y con ropa interior tendida luego del lavado, tuvimos que aplicar plan B y contactamos con otro hostal para rogar por una noche de alojamiento. El hostal era Hiro’s Guesthouse y fue lo mejor que nos pudo pasar en Osaka.

continuará…

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