Días de meditación Vispassana en el Wat Tam Wua Forest Monastery-or Meditation Camp-.

Nunca me ha interesado mucho la meditación, al menos no tanto como me interesa hacer Yoga, aun cuando ambas, si no son lo mismo, están relacionadas. Me refiero al acto de sentarse en silencio a meditar.

El asunto es que yo paso la mayor parte en silencio, desde hace ya un buen tiempo, a veces reflexionando y, otras veces, contemplando y, en términos generales, llevo una vida de instrospección…creo que incluso podría decir “de retirada” y no pasó como un plan, sino como algo que se fue dando, por ende nunca entendí muy bien el asunto de llevarlo como “Programa”; cómo o por qué la gente se inscribe en retiros de meditación y por qué resulta un reto tan grande el mantenerse en silencio sin “aburrirse”. La cosa es que no medito diariamente, en términos estrictos.

The pre-party

Cuando volví de Vietnam, no tenía realmente ningún plan nuevo en carpeta: no tenía un hogar -como antes-, ni algún viaje por venir; sólo había conseguido un par de semanas petsitteando a la Norma Jeane y eso me garantizaba un techo por algunos días.

Hace mucho tiempo atrás, con Sarah y Mariska, intentamos una visita a un monasterio, cerca de Mae Hong Son, que ellas conocían y el cual yo no tenía intenciones de conocer, pero me había sumado por el trip en sí. Ese viaje fracasó en el intento, debido a la lluvia y neblina y, desde entonces, la idea del monasterio quedó enterrada. Por alguna razón, esa idea se asomó en mi cerebro y se quedó ahí (tal vez, desde que me puse a contar los números de la fecha de nacimiento y nombre allá en Hue en Vietnam (numerología) y recordé los “10” de la Catalina).

Sentía que ahora era el momento y me parecía una buena experiencia como para ir cerrando la temporada en Asia. Pensé en estar unos 3 días y luego seguir hasta Mae Hong Son, ya que era uno lugar pendiente por visitar. El monasterio ofrecía una estadía flexible, distinto a los retiros fijos de 10 días en la mayoría de los lugares donde hacen Vispassana, donde todo parecía ser más que restrictivo.

El monasterio en el bosque

Wat Tam Wua
stairs leading to the Cave at Wat Tam Wua

El Wat Tam Wua es un monasterio de la tradición del bosque, en donde los monjes se retiran en grupos pequeños a meditar y convivir con la naturaleza con las comodidades mínimas (esto es Tailandia y, por tanto, estoy hablando de monjes Theravada). A su vez, el monasterio funciona como un lugar de acogida para cualquier persona que se interese por practicar/aprender Vispassana. Uno de mis reparos, antes de decidir ir era, justamente, que mi experiencia con el Buddhismo es mucho más cercana a la tradición Mahayana en un aspecto cultural-filosófico y, en verdad no me interesaba mucho meterme a lo Theravada, pero, en verdad, por qué no ir si tenía la oportunidad de hacerlo.

La estadía en el monasterio es libre y funciona a modo de donación sugerida: te alojan y te dan de comer; sólo te piden seguir el programa diario, respetar los códigos de conducta y participar de las actividades -a consciencia-. Es un fair deal, por donde se mire: claro, preciso y de sentido común… de lo contrario, si alguien no estuviese de acuerdo con las condiciones: por qué chucha se le ocurriría meterse ahí?…

The Party

-Porque cada vez que nos tocaba ir a comer, el abad decía “Big party!”-

Me llevé lo mínimo conmigo y, después de dudar si irme en moto o no, opté por irme en el bus local que nunca llegó a tiempo -por suerte-, así que terminé en un taxi local compartido (barato y más rápido) con otros viajeros y tais.  Ahí conocí dos minas (holandesa y alemana) que también iban al monasterio, así que nos agrupamos y terminamos en el mismo dorm. Por alguna razón, pensé que la gente que iba al monasterio, profesaba algún grado de devoción de antemano, pero de a poco me fui dando cuenta que no era tan así…

El lugar era muy lindo y la infraestructura para los “pasajeros” es excelente, considerando que es un lugar que funciona a base de donaciones (hasta donde entiendo): bungalows individuales y edificios más grandes funcionando como dorms (siempre separando hombres y mujeres); una mat acolchada fina, una almohada pequeña y dos mantas para cada persona; sino tienes tu ropa blanca, te la prestan…what!!? No podría ser más comfortable… es básico, pero comfortable. Imagina todos los lugares donde me faltó una manta y pasé frío, donde no tuve una mat acolchada para tirarme en el piso… cheer up, life is good!

IMG_1222 copia
my bed at the monastery

Era un día muy ajetreado y el monasterio estaba casi lleno de gente debido al día siguiente, donde se celebraba el Makha Bucha Day (motivo por el que, además, escogí esta fecha para ir) y, por tanto, estaban realizando todos los preparativos, por lo que nos ingresaron rapidito y no tuvimos un tour muy completo del lugar, pero sí nos explicaron todas las condiciones de la estadía….REPITO: nos explicaron todas las condiciones de la estadía, además de pasarnos un libro que, aparte de contener todas las oraciones y cantos, funcionaba como una especie manual instructivo.

Me pasaron mis cosas, me vestí e hice mi camita (o sea, tender la mat y ordenar mi espacio) y aproveché de almorzar lo poco que traía en mi mochila, porque en la tarde no se come. El programa iba más o menos así:

  • 5 am. Meditación personal en el bungalow/dorm.
  • 6.30 am. Ofrenda de arroz a los monjes
  • 7 am. Desayuno
  • 8 am Meditación
  • 11 am Almuerzo (luego de la Ofrenda de la comida a los monjes)
  • 1 pm Meditación
  • 4 pm Trabajo comunitario
  • 5 pm Hora de relajo
  • 6 pm Meditación y Canto
  • 8 pm Meditación
  • 10 pm Meditación personal en el dorm o hut y luego a Dormir

Entre el “código de conducta” estaba: vestir de blanco en lo posible (era fines de invierno y aún hacía un poco de frío y nadie te webeaba si andabas con un polerón de color u otra prenda); para las mujeres, no hablar o tocar a los monjes a no ser que ellos se dirigieran a uno; las típicas reglas de los templos de no apuntar con la planta de los pies a la figura de Buddha (incluso a la gente está mal, en general); mantener el silencio general del monasterio (si uno quería, podía ponerse de esos pins “silent and happy” para que nadie lo webeara a uno); abstenerse de fumar, comer a deshoras, andar webeando a deshoras, usar artefactos electrónicos, escuchar música, leer cosas que no tengan que ver con el “tema”; abstenerse de matar todo tipo de “seres sintientes”.

Personalmente, no me esperaba otra cosa y todo me hacía completo sentido, además, me parecía que habían sus buenas horas entre medio para uno. Me preguntaba si podría acostumbrarme con el horario de las comidas, pero en el peor de los casos, había un negocio dentro del mismo monasterio donde comprar provisiones. Una hora de trabajo comunitario, me parecía más que bien dado todo lo que iba a recibir. Again… de qué podría quejarme?.

Sin embargo, la experiencia para mucha gente, fue bastante distinta. Al parecer, para la gran mayoría de la gente, acudir a lugares como estos es todo un desafío. Apego es uno de los términos más recurrentes en las lecciones de cualquier filosofía Budista; apego a cosas materiales, a hábitos, a estructuras de pensamiento y de poder. Para mucha de la gente, el salirse de su estilo de vida o su modo de ver y verse es BIG DEAL (hacer las respectivas reverencias parecía que, para varios, era algo difícil de tolerar; lo mismo con los cantos).

Vaya experimento social!…Lo primero que me encuentro cuando conozco a los otros pasajeros o llego al dorm al terminar el primer día es: gente hablando bastante, gente usando sus celulares, gente comentando cosas y planeando salir a recorrer el monasterio de noche, a ver la luna, encontrarse con la naturaleza o qué se yo, a fumar a escondidas, leyendo la Lonely Planet… me sentí rodeada de niños privilegiados y recordé a Gombrowicz.

Para mí, los días siguientes fueron smooth and easy. No encontré muchos problemas para adaptarme al programa y, en verdad, había estado “practicando” todo un año el arte del “let go” y me gustaba mucho que el programa fuera así flexible y no estricto como en otro lados. Tampoco me resultó difícil acostumbrarme a las comidas (arroz con vegetales cocidos y/o curry al desayuno y al almuerzo); los cantos los veía como un espacio para ventilar mi lado musical; las ofrendas de comida, como ritos culturales de aprendizaje y observación de los que tenía la suerte de participar; las horas de trabajo como una forma de contribuir y activarme físicamente, luego de pasar tanto tiempo chillin out y enjoying life ahí en Pai; y lo mejor es que uno terminaba tan cansado, que tuve las mejores y más profundas noches de sueño. Al final, la práctica del “Dharma” es una cuestión de actitud.

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Makha Bucha Day. We had a special evening ceremony and meditation.

Me cansé mucho trabajando los 3 primeros días (apenas 1 hora, qué derrota!) y tuve que sumar una muda de ropa, ya que terminaba toda cochina, y me frustraba bastante la situación con la gente en términos de trabajo: la mayoría sacando la vuelta, tomando conscientemente las tareas más fáciles y/o viendo como el resto se movía sin hacer nada absoluto. Y bueno, los monjes tenían que recordar todos los días que la gente cooperara con las tareas.

Teóricamente, la hora de trabajo, servía para practicar el “mindfullness“, pero al empezar a notar  lo mucho que había por hacer en el monasterio y la deficiencia en términos de “fuerza laboral”, pensé que la actitud de servicio en este caso, conseguía mucho más en términos reales, que dedicarse a contemplar las hojas mientras uno las barre en slow motion. Como la analogía filosófica de la piedra en el zapato, que a menos que uno se la saque, no sirve de nada mirarla o pensar en ella. A mi modo de ver las cosas, eso también es “to be mindful“.

En una de esas horas de trabajo, conocí a Jenny, una de las únicas personas con las que hablé. Pasé con la carretilla llena de hojas y aproveché de colectar el gran número de flores amarillas -ahora marchitas- con las que a la gente le gustaba adornar los alrededores del camino. “I hate flowers“, le dije. “La gente sólo las quiere cuando están bonitas y cuando se pudren nadie quiere hacerse cargo de ellas”. Al final, las flores manifestaban mi impresión de la actitud de al menos la mitad de los pasantes; pura estética.

Decidí concentrarme en estudiar de forma independiente. Encontré unos libros del Lama Yeshe y Lama Zopa Rimpoche en el estante donde había material de lectura, y los andaba trayendo en mi mochila con mi botella de agua, mis sobres de café (un bien escaso en el monasterio) y mi “manual”, y los leía cada vez que podía. El resto del tiempo, lo fui ocupando en labores de limpieza y mantención de los espacios públicos, después de inspirarme con un señor koreano que estaba en el lugar con su esposa. Siempre lo veía haciendo cosas con mucha diligencia; colaborando incluso en las horas donde no se suponía que debíamos trabajar. Nunca sentí la necesidad de usar mi celular, escuchar música, dibujar, registrar mi estadía o hacer ninguna de las cosas que uno haría en la vida diaria -para recrearse y/matar el tiempo-, excepto salir a recorrer rutas de nadie rebosantes de verde con mi scooter. Tampoco maté ninguno de los bichos que encontré en el dorm, ni siquiera las arañas del baño, y me acostumbré a empujar las cucarachas con la mano (esto no quiere decir que el lugar era cochino, sólo quiere decir que “life happens“). No extrañé a nadie, ni quise un espacio para mí sola. Me sentía como nueva.

-Ahora que lo pienso, seguí una rutina bastante Elliot Alderson-

Me levantaba con mi manta e iba a la ofrenda de arroz. Luego, al desayuno y almuerzo, me sentaba siempre en la misma mesa, la mesa desocupada que nadie quería ocupar y que después nadie quería ocupar porque me sentaba ahí. Nunca me puse el pin del “silencio”, porque rechazo los fetiches y porque concluí que era más amable y beneficioso estar a disposición de alguien que quisiera preguntarle o hablarle a uno, que guardar silencio sólo a fuerza de evitar el estímulo. Barrí muchas hojas y observé la forma gentil y colaborativa de trabajar de los tais que iban al monasterio a trabajar en eso, y lo impermanente de la tarea, me dió más ganas de colaborarles. Luego del almuerzo (que siempre estaba rico), me ponía a lavar las ollas (junto a la gente que siempre se quedaba a lavar ollas) y todo lo que se ocupaba en la preparación de las comidas (por ahí me gané una mini banana y unos dulces como bono extra, departe de los monjes). Algunas veces llevé varios libros de cantos para repartirlos entre la gente que los había olvidado; no por hacerme notar, sino porque genuinamente me parecía buena idea ayudar. Empecé a ocupar tanto mi tiempo, que me ví corriendo la mayor parte del tiempo, de un lado a otro, para cumplir con los horarios y actividades. Pensaba que no me estaba quedando tiempo para irme a descansar a mi cama, o salir a conocer el entorno para tomar fotos, como algunos lo hacían, pero me sentía muy contenta haciendo cosas y con mucha energía.

What-kind-of-sorcery-is-this

En las meditaciones, nunca me presioné demasiado. Por lo general, no duraba más de 20 minutos y, el resto del tiempo, sacaba mis libros y me ponía a leer las Dharma talks de los Lamas. Entiendo que “tal vez no era el punto”, pero again: “I’m more Mahayana”… y bueno, verán: se medita para generar cambios y los cambios no llegan de la nada, sino a través del estudio, la observación y el análisis de nosotros mismos; a través de la actitud con la que conducimos nuestras acciones cada día. Nada va a llegarle a uno del cielo (así que podrían dejar de poner las manos palmas arriba cuando se ponen a meditar…just saying…). En general, hay demasiada superstición en el tema espiritual contemporáneo y mucho pastiche de cosas. Esta experiencia me lo confirmó con creces. Ver las cosas tal como son. Eso es lo que significa Vispassana.

Puedo decir, eso sí, que experimenté 2 momentos de la más profunda concentración: plenamente consciente pero totalmente en el vacío; sintiendo el cuerpo, pero sin peso. Fue extraño y muy interesante y no me esperé nunca ese resultado a nivel sensorial, ya que again, soy una persona muy analítica y escéptica.

Con el correr de los días, la gente se fue yendo y el grupo se achicó notablemente: una buena porción de gente se frustraba al sentirse reprimidos; mientras otra porción, echaba de menos estar un poco más reprimidos, para frustrarse menos. Y entre los que quedaron, se empezaron a notar cambios, sobretodo en la hora de trabajo; estaban mucho más dispuestos a colaborar espontáneamente y en grupo. Ese era uno de los problemas de la hora de trabajo: que cada uno hacía lo suyo y pa´la casa, en cambio si el trabajo se orientaba de forma colectiva y organizada, resultaba 100% más productivo. Marx 101?

Me hubiese quedado más días ahí; la idea de ir a Mae Hong Son se había ido a capacha otra vez, pero tenía igual que volver a ver el asunto de la WH Canadá y, los últimos días, empecé a conversar con alguna gente. El penúltimo día de Jenny y Marcus (?) “hice mesa” con ellos y anduve en las horas de recreo, riendo y hablando de la vida. Eso generó recuerdos y me conectó con la vida mundana que había quedado en stand by desde que había entrado al monasterio. Recordé algunos sabores, algunas sensaciones de alegría y placer, algunos lugares, escenas…recordé como era conectar con la gente en los “momentos” y me dió un poco de nostalgia, tal como me da nostalgia ver al compañero de viaje -con el que, tal vez, nunca quise viajar-, irse, mientras yo sigo con mi viaje igual de contenta que antes, pero con una huella que antes no estaba. Y bueno, en mi penúltimo día fue imposible concentrarme, seguir el ritmo de antes, ayudar a cada rato…mi backpacker mode estaba ON otra vez y mi mente pasó del momento a la ansiedad del porvenir.

Deposité mi donación, me despedí, el Abad me dió la pulsera de recuerdo y conversé otro poco con otra gente. Cuando escribí en el libro (de dedicatorias) -ya con ropa de calle-, tengo la sensación de que mucha gente estaba esperando que me quedara foreva en el monasterio (mucha de la gente con la que nunca hablé, pero igual veía todos los días). Un alemán de los que “fue cambiando con el tiempo”, me pregunto si me iba y me dijo “it’s hard, uh?” -acerca de la meditación-.

Well

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sunrise at the pond, Wat Tam Wua

 

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